A 50 años del golpe de Estado de 1976: mujeres santiagueñas entre la represión y la continuidad tradicional
El Equipo Historia UNSE Mujeres, compuesto por las licenciadas Alba Gallo, Eugenia Hernández Reimundi, Evangelina Isac, Karina Roldán, Marcia Pómpolo, María Olivera, se refieron a la importancia de la mujer santiagueña en el marco de un nuevo aniversario del golpe de estado.
23/03/2026
A cincuenta años del golpe de Estado de 1976, asumimos como
equipo una posición ética clara, de que la última dictadura no fue la primera,
pero si fue la más grave. Asimismo, nos proponemos indagar en dimensiones
incómodas o poco exploradas, abordando las experiencias de las mujeres
santiagueñas a partir de sus rupturas y continuidades.
Durante este periodo, la vida social en Santiago del Estero
atravesó un proceso de fuerte control y disciplinamiento que impactó de manera
particular en las mujeres. Sus experiencias no fueron homogéneas: algunas
fueron perseguidas y forzadas al exilio, otras permanecieron en la provincia
bajo estrictas normas sociales, y un grupo reducido logró sostener cierta
presencia en espacios públicos, aunque siempre bajo vigilancia. Conocer algunas
de estas trayectorias permite mirar con mayor profundidad cómo se redefinieron
los márgenes de acción femenina en un contexto de represión.
En los años previos al golpe de Estado, especialmente desde
la década de 1960, se produjo un avance significativo en la participación
femenina en distintos ámbitos locales. Cada vez más santiagueñas accedían a
procesos de profesionalización, como en el campo de la enfermería, cuyo
desarrollo en general ha sido analizado por Alderete (1998), en donde se
destaca el trabajo de las enfermeras universitarias Fanny Jiménez Norry y
Blanca Raed en la coordinación de una intensa actividad educativa durante esos
años. Al mismo tiempo, comenzaron a egresar las primeras graduadas de la
educación superior, tal como registran los archivos institucionales del
I.S.P.P. Nº 1 en carreras como Filosofía, Pedagogía, Ciencias Naturales e
Historia, así como también las publicaciones de El Liberal (1968, p. 72), en
donde se daba a conocer a las primeras ingenieras forestales, entre ellas Mirta
Soria, Eva Musso y Liliana Dib.
Este proceso también se expresó en el ámbito cultural por ejemplo,
para el cual Tamer (2010) señala la presencia de figuras como Fanny Olivera,
María Roldán y Guillermina Rosenstein en el teatro, el radioteatro y el cine,
consolidando su lugar en el espacio público local. A ellas se suma la artista
plástica Nelly Orieta, una de las primeras egresadas de la entonces Academia de
Bellas Artes “Juan Yaparí”. Estas trayectorias dan cuenta de un escenario en el
que un número creciente de ellas se incorporaban al mundo laboral y comenzaba a
ocupar espacios visibles en la vida pública, en el marco de transformaciones
sociales y culturales más amplias que expandieron sus horizontes más allá del
ámbito doméstico.
Sin embargo, la irrupción del régimen militar interrumpió y
reorientó ese proceso. La persecución política, la censura y el control sobre
las instituciones educativas y laborales limitaron de manera drástica las
posibilidades de participación. Muchas fueron vigiladas e incluso desplazadas
de sus espacios, como ocurrió con la científica santiagueña Miriani Pastoriza,
quien, según señala Rubinstein (2018), debió abandonar el país en 1978 luego de
que la Junta Militar no le renovara su cargo en el Observatorio Astronómico de
Córdoba, le impidiera acceder a otras instituciones universitarias y la incluyera
en listas de personas consideradas “presuntamente peligrosas”. No obstante, la
mayoría permaneció en la provincia, en un contexto en el que se reforzaron los
mandatos tradicionales que las ubicaban en el ámbito doméstico y en la
maternidad como destino principal.
A pesar de este escenario violento, no todas las
experiencias fueron iguales. Algunas lograron sostener su presencia en el
espacio público a través de funciones dentro de la administración estatal,
aunque bajo condiciones de estricta jerarquía, control y subordinación. Un
ejemplo de ello es la delegación santiagueña que ofició como anfitriona de la
VII Asamblea del Consejo Federal de Educación, celebrada en la provincia en
julio de 1978, en la que participaron representantes de todo el país. La
delegación local estuvo integrada por Isabel Buxeda como secretaria de Estado
de Educación y Cultura, Ernestina Mira como secretaria general a cargo de la
Presidencia del Consejo General de Educación, Elsa Martín como secretaria
técnica de Administración Educacional y Silvia Ferreyra Lesye como secretaria
técnica Legal, según consta en el informe oficial del Ministerio de Cultura y
Educación de 1978. Al mismo tiempo, otras trayectorias estuvieron marcadas por
la persecución directa, especialmente en espacios estudiantiles y sociales. En
muchos casos, esto derivó en desplazamientos forzados o en lo que puede
pensarse como formas de “exilio interior”, como es el caso de las hermanas
Gladys y Anita Domínguez, simpatizantes de la Juventud Guevarista, quienes entre
1976 y 1977 fueron obligadas a trasladarse de sus colegios en la capital hacia
el interior provincial (Figueroa, 2013).
En el plano nacional, la represión también afectó
profundamente a las mujeres como víctimas del terrorismo de Estado. Muchas
fueron detenidas, desaparecidas o sometidas a distintas formas de violencia.
Sin embargo, también emergieron formas de resistencia que resignificaron su
lugar en la sociedad. La figura de las madres que reclamaban por sus hijos
desaparecidos constituye un ejemplo de cómo un rol tradicionalmente asociado al
ámbito privado se transformó en una forma de acción pública y colectiva
(Sepúlveda, 2009).
En Santiago del Estero, estas dinámicas también se hicieron
presentes. Algunas mujeres impulsaron búsquedas, realizaron gestiones y
sostuvieron reclamos en contextos adversos. Tal es el caso de Clara Achával,
quien exigió públicamente la aparición de su hija Gladys Domínguez, a quien no
veía desde el 24 de marzo de 1976. Tras múltiples gestiones y viajes a Devoto y
Córdoba, logró reencontrarse con ella en 1978, según documenta Figueroa (2023).
Lo que emerge de este breve recorrido es la diversidad de
experiencias femeninas durante la dictadura. No hubo un único modo de transitar
ese período, sino múltiples trayectorias atravesadas por condicionamientos
sociales, políticos y personales. La represión no solo limitó derechos y
oportunidades, sino que también redefinió los límites de lo posible para las
mujeres, reinstalando normas tradicionales al tiempo que generaba nuevas formas
de control.
Sin embargo, también es posible observar continuidades. A
pesar de las restricciones, muchas mujeres sostuvieron prácticas y formas de
participación que habían comenzado a consolidarse en décadas anteriores. Esto
permite pensar la dictadura no solo como un quiebre, sino también como un
momento de tensiones, donde se combinaron interrupciones, adaptaciones y
resistencias.
Comenzar a mirar la historia reciente desde estas experiencias no solo enriquece la comprensión del pasado, sino que también permite complejizarlo. Las mujeres santiagueñas no fueron únicamente víctimas pasivas del contexto represivo, sino protagonistas de trayectorias diversas, atravesadas por condicionamientos, pero también por decisiones, estrategias y formas de acción. Recuperar estas historias es, en definitiva, una forma de ampliar nuestra mirada sobre la dictadura y sobre el lugar de las mujeres en la sociedad, y también una invitación a pensar el presente desde una conciencia histórica que no se limite a recordar, sino que interpela, incomoda y moviliza.

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